martes, 12 de abril de 2016
Recuerdo...
En ocasiones me gusta encerrarme en mi habitación, sentarme en mi pequeña mesa y escuchar música a todo trapo.
Recordar...recordar el pasado...
Saco fantasmas, creo que ya es algo indispensable en mí.
Hoy te recordé a ti.
Leía un libro sobre drogas mezclado con otros temas como la amistad, el amor...
Cómo cambia una persona adicta.
Yo te conocí como un chico poco amable, enfadado con el mundo y con todos los que te cruzabas a tu paso.
No tardó tu tía en hablarme de tus problemas; fiestas, drogas, amistades poco recomendadas...
y agresividad.
Me acerqué a ti. Lo reconozco, en vez de huir quise acercarme y simplemente, ser tu amiga.
Lo necesitabas, necesitabas al menos una persona en el mundo que no te juzgara.
Te vi. Te hablé. Al principio como ya esperaba me respondiste muy cortante, muy serio...
Insistí. Y no te diste cuenta pero me miraste con aquella mirada, aquella que me pedía ayuda. Encendiste la mecha para que no me rindiera.
Recuerdo que tú mismo me llamabas cuando tenías problemas, cuando habías consumido.
Yo tenía 17 años, no te dejaba. Salía de clase, llamaba a mi casa aviando de que iba a llegar tarde y picaba a tu piso.
Bajabas y nos íbamos a un parque cercano.
Allí hablábamos, me explicabas cómo te sentías, qué te daba el vicio y porqué ya no podías dejarlo.
Yo escuchaba. Reconozco que me superaba pero vi algo por lo que merecías atención.
Fueron muchos meses. Muchas promesas. Nunca veía un cambio en ti.
Recuerdo que buceaba en las redes buscando cómo ayudarte, empecé siendo comprensiva, luego ya cambié mi tono y fui más dura.
¿Lo recuerdas? Seguro que si.
Sólo en una ocasión perdiste la calma y me levantaste la mano. Te la cogí al vuelo.
-¿Vas a tocarme? Venga, ten cojones.
Te animé con mirada directa a tus ojos.
Bajaste la mano.
Reconozco que lo más duro fue decirte que lanzaba la toalla, que me había cansado.
Te derrumbaste, te abrazaste a mi pierna y lloraste. Lloraste cómo un niño.
Impactante, fuerte, débil, tierno a su vez...
Te dije que te ayudaría y lo hice.
Poco a poco fuiste cambiando. Dejaste la calle, las malas compañías y te pusiste a estudiar algo que te gustaba.
Sé que ahora trabajas. Me volví a encontrar con tu tía.
Me preguntó si seguíamos en contacto.
Ya no. Tuvimos cada uno una función en la vida del otro, fue una etapa.
Tú necesitabas ayuda, alguien que te dijera las cosas que nadie se atrevía.
Yo necesitaba que me enseñaras que la vida no es rosa, que hay muchos matices y algunos muy duros.
Aprendí de ti.
Ella me sonrió y me dijo "mi sobrino se encontró un ángel".
Créeme, el aprendizaje fue mutuo.
l.b.d
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

El aprendizaje siempre es mutuo cuando la relación va más allá de un "hola" ocasional, aunque a veces no nos demos cuenta. Solo más tarde nos asombramos pensando o recordando y es tonces cuando vemos lo que aprendimos.
ResponderEliminarEsos encuentros breves (o no) en los que alguien nos ayuda y nos enseña un camino nos marcan, independientemente de que los sigamos o no.
Esas marcas conforman nuestra vida, por eso es importante reflexionar y extraer lo que tuvieron de bueno.